La República
Con Szyslo al volante
Domingo, 25 de enero de 2009 | 5:15 pm
El célebre artista plástico Fernando de Szyszlo es un
apasionado de la velocidad y los autos de carreras. Testigo de esto son las
autopistas, los exclusivos carros que ha tenido a lo largo de su vida y más de
una anécdota que incluye a figuras como José María Arguedas y Emilio
Westphalen.
Por Rafael Robles
Como una pincelada fulminante, Fernando cruza la frontera de
los Estados Unidos a toda velocidad. Al contrario de lo que se frecuenta ahora,
la ruta que toma es Washington-México, y no al revés. Corre el año 59. Blanca
Varela es su copiloto. En el asiento posterior, su pequeño hijo Vicente está
adormecido por el pegajoso calor gringo y, en el techo, amarrados con sogas y
una ilusión sudamericana galopante, una colección de cuadros suyos se aferra a
su destino: la primera exposición de Fernando de Szyszlo en el país de las
enchiladas. Para el pintor, sin embargo, lo mejor no está en llegar a la meta.
Para él son la ruta, la velocidad y un motor enfurecido a sus órdenes los que
constituyen el núcleo de una pasión que tiene desde muy joven. Tanto que no
puede recordarse a sí mismo sin un volante entre las manos.
Los fierros de un pintor
“Mi primer carro era una basura”, son las palabras de cariño
con las que Szyszlo recuerda al iniciador de una fila de automóviles a su
nombre, a ese mismo cacharro que terminó cambiando por una cámara fotográfica y
dos letras que no le pagaron. Luego vendrían tiempos mejores. Por su trabajo
decorando autos alegóricos para el Carnaval de Lima –aquella fiesta que
iluminaba los malecones de nuestra ciudad gris– consiguió el suficiente dinero
para comprarse un Ford del 48, al que luego cambiaría por uno del 51 convertible.
Después vendrían 6 Fiat descapotables y un MG, entre otras piezas de arte.
“Siempre he tenido carros de dos puertas”, confiesa Szyszlo, que a primera
vista parece el conductor típico de una van o el propietario de una bicicleta
de paseo.
A estas alturas ya no es un secreto que a Fernando le
apasionan los autos de diseño asombroso. “Como con las mujeres, lo primero que
lo atrae a uno es el aspecto”. Sentado en su Mercedes 500 –una nave de 8
cilindros que alcanza fácilmente los 280 kilómetros por hora–, confiesa que el
auto que nunca pudo tener fue el Jaguar XKE. “Me moría por ese carro”, se
resigna. “Pero sí he tenido ejemplares hermosos, como un Maserati verde que le
compré a un amigo en el 68. El problema con él fue que hasta los tornillos eran
difíciles de conseguir”. Como con las mujeres, el hombre decidió buscarse un
auto que le signifique menos problemas. Tuvo que dar por terminado su romance.
Arguedas y la Fórmula 1
Cuando Arnaldo Alvarado casi se mata por chocar contra un
burro, dos muchachos fueron a visitarlo a la Clínica Angloamericana. Delgados,
con la frescura de la juventud y abundante cabello que peinar, José María y
Fernando no conocían personalmente al piloto, pero la admiración podía más que
la vergüenza. Luego de intercambiar algunas palabras se marcharon tranquilos al
comprobar que el “Rey de las curvas” volvería a correr. “Con Arguedas
hablábamos mucho de carreras. También íbamos seguido a los finales de los
Caminos del Inca. A él le apasionaba la velocidad tanto como a mí, aunque no
manejara como yo. Nos acompañaba en nuestra afición un discreto Emilio
Westphalen, quien tenía un Jaguar”, cuenta Szyszlo, fan incombustible del
histórico pentacampeón de Fórmula 1 Juan Manuel Fangio, quien por aquellos años
se fogueaba en las arenas del Rally.
Como buen sudamericano, tiene predilección por los pilotos de
esta parte del mundo. Sufrió como todos cuando Ayrton Senna estrelló su Renault
contra la muerte en el 94. Celebró el bicampeonato de Emerson Fitipaldi en el
74 y espera que Felipe Massa consiga el título este 2009. Su consagración como
artista plástico le ha permitido viajar tantas veces como autos ha tenido,
llevando siempre en el equipaje la inquietud por los deportivos. “Conocí en
Nueva York a un millonario que tenía 17 autos de Fórmula 1, entre ellos 3
Ferrari, la marca de auto que siempre he querido tener. Él fue quien me regaló
esta casaca”, dice Szyszlo sosteniendo el atuendo de Ralph Schumacher que, con
toda la pena del mundo, le queda muy pequeña al pintor.
Sobre la marcha
Fernando pone primera, pisa y el Mercedes despierta. Un
quinteto para piano de Franz Schubert crea un ambiente de bodegón calmado que
nada tiene que ver con Lima a las 5 de la tarde. Con el pintor, el hilo
invisible del violoncelo y el coupé full equipo de 100 mil dólares; con el
resto de mortales, una orquesta de claxons, cráteres en la pista y papeletas
acumuladas en la guantera.
Una pareja en una 4x4 parece reconocerlo. Lo miran algo
extrañados: un artista de 83 años al volante de un auto envidiable y diestro
como él solo para conducirlo. Cero choques en su kilometraje, salvo la reciente
arremetida de un microbús que le arrancó el espejo lateral a su Mercedes. “En
Lima hasta la luz verde del semáforo quiere decir ‘pase con cuidado’. Uno nunca
sabe cuándo se encontrará con una bestia. Mario Vargas Llosa me dice que no
puede manejar aquí porque se vuelve loco. Pero uno tiene que acostumbrarse a
estar a la defensiva, resignado a que todo el mundo te quiera agredir”.
Si estuviéramos en una autopista rumbo a la playa, Fernando
no bajaría de 180. Nunca ha hecho piques ni desafía a las normas, pero cuando
tiene permitido correr no hay quien lo alcance. “En la época en que vivía en
Estados Unidos, el único estado donde no había límite de velocidad era Texas.
Una vez ahí, iba a toda la velocidad que podía”, cuenta y uno se imagina en el
mismo cuadro a una siempre reposada Blanca Varela con la espalda pegada al
asiento, mitad aterrada, mitad divertida, esperando el impacto que jamás
llegaría. “La pasión por la velocidad la tengo desde chico. Un primo me enseñó
a manejar y desde ese día no he parado”.
Una vez en tierra firme, Fernando vuelve a ser Fernando de
Szyszlo, el reconocido artista plástico que se desplaza lentamente entre los
cuadros y esculturas de su sala. El amable difusor de la cultura en el Perú.
Como una pincelada fulminante, la emoción que le produce manejar ha
desaparecido de sus ojos y el silbido de su respiración reemplaza al zumbido
fino del motor. Así estará, dedicado a sus cuadros y a su constante evolución
artística, hasta que la velocidad lo vuelva a retar a una próxima carrera.