LA PRIMERA
Publicado: Martes 27 de diciembre del 2011 | Entrevista |
El arte de sacralizar la materia muerta
El pintor Fernando de Szyszlo es un personaje poco común. Nunca pudo conocer a César Vallejo ni a Abraham Valdelomar, su tío, de quienes heredó manuscritos y objetos personales que regaló. Tiene un mechón de César Vallejo que piensa “clonar” y aún se mantiene firme en el deseo de no ser sepultado, porque considera “morboso” el hecho de visitar tumbas. Al contrario, desea ser cremado y esparcido en el Océano Pacífico. He aquí una entrevista en su casa, un jueves en que, como Vallejo, le teme a los huesos húmeros.
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FERNANDO DE SZYSZLO"
Sacralizar la materia muerta a través de la pintura es la forma disfrutar de este pequeño viaje que es la vida para Fernando de Szyszlo.
Es jueves y como todo jueves, hace 26 años que se reúne con un grupo de amigos para almorzar. Son amigos de la vida, dice. Horas antes de esta cita, el pintor Fernando de Szyszlo nos recibe en su casa de San Isidro, una casa casi cuarentona cuya primera fase diseñó el arquitecto Cartucho Miró Quesada.
La biblioteca, ubicada en el ala izquierda, es un intimidante almacén de libros, cuadros y esculturas resguardadas de la luz. La puerta de ingreso a ella lleva colgada en la parte trasera el mechón de César Vallejo que Georgette Philippart le regaló a Szyszlo junto con un poema de “España, aparta de mí este cáliz” en reciprocidad al reconocimiento que el pintor le hiciera al poeta con una carpeta de grabados dedicado a aquél en los 50.
Szyszlo ingresa a la biblioteca a pasos cortos y me invita a sentarme a su lado. A mi pregunta, responde: “En los veinte años que tuve experiencia como profesor, siempre me di cuenta que la urgencia de expresarse era uno de los síntomas del talento”.
—Y el talento es…
—El talento es… una serie de circunstancias espirituales, desgracias personales, felicidades inesperadas, la experiencia de la vida, pero con ciertas condiciones... Es cierto el refrán que dice: “Lo que Dios no da, Salamanca no lo otorga”. O sea que talento no se puede aprender, está ahí.
Fue veinte años profesor en la Universidad Católica, “del 56 al 76”, recuerda.
—¿Piensa volver a las aulas?
—No, ¡nunca, nunca! Y nunca tuve vocación de profesor. A pesar de que los años que viví fueron muy pobres, son años irremplazables, y me parecía que era una cierta obligación compartirla. Pensé hacerlo tres o cuatro años, pero se queda uno enredado con el destino de sus alumnos. Lo que me permitió cortar con esto fue que me invitaron a ser profesor visitante en la Universidad de Texas. Luego, no volví.
POBREZA CON DINERO
Es difícil imaginar a un Fernando de Szyszlo pobre. Es algo que no está en la mente de uno.
—¿Cómo fueron esos años?
—Muy duros. Recibía noventa dólares mensuales por un pequeño estudio que me había regalado mi padre en la azotea de un pequeño edificio que él tenía. Lo alquilé a un periodista americano (estadounidense), corresponsal de Life en español, y de eso vivimos en París (con Blanca Varela, entonces su esposa). París era barato. Pagaba un dólar diario de hotel, 30 dólares de hotel al mes. Gastaba otros 30 en cigarrillos. Me quedaba un dólar diario para comer, ir al café, comprar libros, ir al cine, y, sobre todo, comprar material para mis pinturas. Claro, hacía unos cuadros muy chiquitos.
Era esa una pobreza extraña, una pobreza que le permitía vivir en París. Sin duda, la pobreza que Szyszlo conoce es otra a la que el común vive.
—¿Qué tiempos eran?
—Del año 49 al año 55. Seis años estuve en París, LA PRIMERA vez.
Eran tiempos lejanos. Szyszlo se para, camina a la puerta de salida de la biblioteca. Al costado de ella cuelga su primer cuadro, un grabado en bajo relieve, que se puede cargar con una mano. Esta puerta da a un gran salón con dos pinturas de la Escuela Cusqueña y un piano que Szyszlo no sabe tocar, pero que está a merced de los ocasionales amigos, como el pianista Juan José Chuquisengo. La luz del cielo se filtra por las partes traslúcidas del techo y contrasta con la oscuridad de la biblioteca, donde cuenta que en 1969 vendió un cuadro a 3 mil dólares, y este año se ha revendido en 189 mil dólares en un remate en Christie’s. El cuadro se llama “Paclla pampa”, palabras en quechua que significan “Campo desolado”.
—¿Sabe quechua?
—No, el poco quechua que sé se lo debo a José María Arguedas. Sé pocas palabras. Fue él quien me recomendó el diccionario del padre Holguín, del siglo XVI, en quechua, valiosísimo.
—Usted ha estado bastante ligado a Arguedas, Vargas Llosa, Varela… a escritores. Hubo una época en que le interesaba mucho hacer literatura.
—Cuando era adolescente, sí; después, cuando tuve inquietudes surrealistas, hice unos libros de “collage” surrealistas. La literatura siempre me ha interesado de una forma especial, pero yo soy pintor; es lo único que me toma totalmente, la pintura…
No solo es amigo de escritores como Westphalen, Sologuren, Eielson, Paz, Cortázar… Es, también, sobrino de Abraham Valdelomar, hermano mayor de su madre, al que no pudo conocer, porque este murió muy joven, en 1919. Szyszlo nació 6 años después, en 1925, pero la biblioteca de su tío estaba en casa.
CARTAS PERDIDAS DE VALDELOMAR
Hay en Szyszlo un movimiento constante que no pasa desapercibido. Un movimiento de manos inquietas, como si quisieran estar pintando, incómodas, en plena conversación.
—¿Ha tenido vínculos con los recuerdos o reliquias de Abraham Valdelomar?
—Sí, pero los regalé a la Biblioteca Nacional cuando murió mi madre. Me dicen que han desaparecido ya. Tenía las cartas que Valdelomar escribió a su madre todas las semanas desde Europa. Y todos los apuntes para sus discursos. Usted sabe que él era un hombre muy complicado, muy difícil de entender. Era un wildeano, danunziano, dandy, etcétera, con esos aires, con su monóculo…, y, al mismo tiempo, se pasaba la vida dando conferencias sobre arte en los más pequeños pueblos del Perú. Pepe Ortiz Reyes, hermano de Judith Westphalen, la esposa de Emilio Adolfo Westphalen, me contó que su padre, un agricultor modesto, lo llevó a una conferencia que Valdelomar daba en Catacaos. En esa época seguramente había tenido que ir en barco y de ahí en burro, mula o caballo…
—Usted ha leído esas cartas y esos apuntes. ¿Qué se encuentra ahí?
—Cosas muy lindas, muy tiernas. Valdelomar, a pesar de todas esas poses, era un hombre muy sencillo. Él tenía esas poses, pero la buena literatura de Valdelomar es provinciana, de la vida de la aldea, de San Andrés, en Pisco, Ica.
—¿En qué año las regaló?
—Cuando mi amigo Carlos Cueto Fernandini era director de la Biblioteca (inicios de los 60). Regalé las cartas, la mascarilla mortuoria, todo, y un estudiante de San Marcos, como cinco años después vino a buscar papeles sobre Valdelomar. Le dije que todo estaba en la Biblioteca Nacional. “Ahí no hay nada”, me dijo.
Por ello, cuando tuvo materiales de César Vallejo, a quien tampoco conoció, no decidió entregarlas a la Biblioteca Nacional. En París, se hizo muy amigo de Georgette (ya había muerto César Vallejo) y después la siguió viendo en Lima, hasta que murió. Ella le dejó los manuscritos de Vallejo y sus papeles personales: pasaportes, cartas del presidente de la República Española autorizándolo visitar el frente. Regaló todo a la biblioteca de la Universidad Católica.
—¿Cómo pudo desprenderse de algo tan importante?
—Es el sentido de la responsabilidad. Uno no puede pensar que esas cosas son suyas. La Universidad de Notre Dame de Estados Unidos, entre otras, me ofreció comprarme esos manuscritos. No lo hice. Me parecía que no me pertenecían. Me pareció que eso pertenece al pueblo peruano.
CLONEMOS A VALLEJO
—Usted no cree en Dios, no cree en la reencarnación…
—Desgraciadamente… (ríe).
—Tiene un mechón de Vallejo. Podríamos reencarnar, a través de la clonación, a Vallejo.
—Un médico amigo me lo propuso. Hemos quedado en hacerlo, en coger uno de esos cabellos de Vallejo y hacerle el ADN…
—El mapa genético.
—La estructura celular de Vallejo, su genética…
—¿Qué amigo?
—Un médico nuclear del Hospital Obrero, el doctor Cavallie.
Szyszlo se levanta del sofá y se dirige hacia la puerta de entrada de la biblioteca, donde cuelga el mechón de Vallejo y un poema original de “España, aparta de mí este cáliz”. Lo esconde detrás de la puerta, en la parte más oscura de la biblioteca, porque el poema se está destiñendo.
—Y para cuándo está previsto… clonar a Vallejo…
—Clonar un pelo del mechón, que es el único pedazo del cuerpo de Vallejo en el Perú.
QUIERE SER “SEPULTADO” EN EL OCÉANO
Está de buen humor Szyszlo. Viendo el mechón de Vallejo, comentamos cómo estarán los cabellos de Vallejo en Francia. Ríe. Montparnasse es un bello lugar sobre el suelo; debajo, es igual a cualquier parte. La idea de clonar a Vallejo, o un pelo de Vallejo, suena interesante.
—¿Cree en la reencarnación a través de la clonación?
—No. Todos queremos ser inmortales, pero nosotros somos inmortales en la medida que son inmortales las hormigas. Siempre van a haber hormigas, siempre van a haber hombres, pero Juan, Pedro, esos no. El sustento de un pensamiento religioso es la fe, o sea que hay que tener fe y eso es lo que no tengo. Tuve, seguramente, cuando era niño, con los jesuitas…
—Carl Jung dice que cuando uno aprende algo de niño se queda en la base del cerebro y aflora en algún momento, aun cuando uno no quiere, como la religión, o Dios, en momentos límites.
—Ah, yo no creo eso. Que me cremen y me echen al Océano Pacífico. No quiero obligar a mis parientes a que tengan que ir o que tengan que sentirse culpables por no ir al cementerio. Yo nunca visité la tumba de mis padres.
—¿Dónde se encuentran?
—En el Presbítero Maestro. Juan Luis Roca Rey y yo hicimos la portada del cementerio El Ángel, que está al frente, pero no he ido a verlos.
—Ahora hay recorridos para ver tumbas en el Presbítero.
—Es un poco morboso eso de ir a visitar muertos. Además, muertos que no son muertos. Es la parte menos… ni siquiera la parte física, el resto…
—¿Usted va?
—Voy a El Ángel a ver a un primo mío. Es simbólico, ¿no?
—¿Ha visto las catacumbas?
—He ido por curiosidad, pero me siento extraño entre muertos ajenos.
—Pero... es morboso —dice Szyszlo con una sonrisa. La sola imagen de ser sepultado y tener a una tira de extraños y conocidos visitando su tumba no le es nada grato.
—Pero ver la tumba de Vallejo, por ejemplo, es una idea interesante.
—Yo visité la tumba de Vallejo cuando estaba en el Cementerio Obrero, ahí en Montrouge, en París; pero Georgette lo pasó al Montparnasse.
—Lo llevó para que esté al lado de los grandes.
—Georgette contó que una vez fueron al cementerio Montparnasse, porque ellos vivían muy cerca, y cuando pasaba por la tumba de Baudelaire, César la pescó y le dijo: “Yo quisiera estar enterrado en este cementerio”. Y toda su vida juntó su plata hasta que pudo comprar la tumba de Vallejo. Y ella está enterrada en Lima. Le puso un epitafio tan lindo: “He nevado tanto para que tú duermas”.
—¿De dónde salió ese epitafio?
—Era un poema de ella. Yo heredé toda la edición de ese libro, y por más que lo he dado a librerías, no lo venden.
SACRALIZAR LA MATERIA MUERTA
—Dijo que el arte consiste en sacralizar la materia muerta y hacerla vibrar. ¿Se puede hacer en cada cuadro o cada escultura?
—En cada cuadro bueno, no en todos. Es una definición que hice de la pintura en general.
—No cree en Dios, pero habla de lo sagrado. ¿Qué es?
—Las cosas inexplicables… Somos descendientes de monos, no estamos capacitados para comprender todo.
—Qué diferencia hay entre sus primeros cuadros y los que hace ahora.
—Bueno, los huesos… Como pinto cuadros grandes, eso me da mucho trabajo —afirma, cual Vallejo en jueves preocupado por sus huesos húmeros—. La vista no me ha afectado nada. Aunque debo decir que la retrospectiva última que hicieron fue una tortura, porque, ahora, de los cuadros solo veo los defectos…
Marco Fernández