La República
El Derecho al progreso y a la felicidad
Domingo, 11 de diciembre de 2011 | 3:02 pm
Es evidente que la historia no es una suma de hechos aislados
sino una cadena en que cada acto o decisión genera naturalmente consecuencias.
La intranquilidad, el desasosiego que vivimos hoy en el país, evidentemente
tiene causas muy antiguas. De las que aún si siempre hemos sido conscientes no
hemos hecho nada por repararlas.
La lista sería demasiado larga para enumerarlas todas, pero
si nos queremos referir a nuestra situación presente es indispensable mencionar
algunos hechos precisos.
Sabemos que para que una democracia funcione normalmente se
necesita la existencia de dos Cámaras en el Congreso: una que represente los
intereses de los diversos departamentos o regiones, y la otra que sea una
Cámara reflexiva en la que las
inquietudes locales pasen por el tamiz de personas que no piensan en satisfacer
las naturales demandas de sus electores sino que piensan en lo que es lo mejor
para el país. Hace años que hablamos de esto, desde que la Constitución
fujimorista irresponsablemente suprimió el Senado. El tema se ha tocado
repetidamente pero, desgraciadamente, pequeños intereses personales escudados
en razones demagógicas siempre han conseguido frustrarlo.
Todos sabemos que la regionalización del país fue hecha a la
carrera, sin evaluar realmente lo que le convenía a la Nación y sin el
verdadero estudio científico que una decisión tan importante merecía. Que aún
un detalle tan nimio como el título de la persona que presidía cada región no
debía haber sido presidente, porque obviamente se prestaba a que quien lo
ostentara olvidara los límites de su
mandato y tuviera tentaciones federalistas, absolutistas o como quiera o
quieran ellos estimarse. Yo creo que toda persona pensante en este país debe
sentir que una reestructuración profunda de la distribución de ellas, teniendo
en cuenta sus necesidades geográficas, sociales, agrícolas e industriales,
fruto de un estudio exhaustivo en que participen todas las disciplinas
concernidas, es urgente e indispensable.
Las mencionadas no son todas, pero sí las más importantes
causas que nos han llevado a la situación en que hoy nos encontramos. En que
presidentes regionales y alcaldes se sienten propietarios de los territorios de
los que son solamente autoridades temporalmente elegidas. (El caso llega a lo
escandaloso o ridículo cuando vemos que no saben en qué utilizar el presupuesto
de las regalías que obtienen o cuando parte de él lo gastan en desfigurar los
hermosos pueblos donde habitan, en los que sorpresivamente nos encontramos, en
preciosos pueblos típicos de nuestra sierra, con que un alcalde ha plantado en
medio de la plaza de armas un edificio municipal de vidrios azules y con
pretensiones de arquitectura contemporánea. No puedo dejar de mencionar el monstruoso Inca que el alcalde del Cusco ha
creído tener el derecho de colocar en la plaza más hermosa y, quizás, la más
importante históricamente del Perú.)
El afán de ganar votos en las elecciones y ser elegido
presidente de una región es una tentación muy grande para una persona que
quiere hacer carrera política. Si se trata de una persona poco escrupulosa hará
las alianzas que sean necesarias, buscará los grupos más inocentes y
desprevenidos, más pobres y huérfanos de apoyo, personas que son más
vulnerables a creer cuando les dicen que su situación económica se debe exclusivamente a terceros, o a naciones que
viven en la riqueza por la miseria que producen por la explotación de
los países más pobres y menos desarrollados.
Hemos visto a pueblos de Asia que al terminar la segunda
guerra mundial estaban en la más absoluta indigencia y que tenían un ingreso
per cápita cuatro o cinco veces menor que el de la generalidad de los pueblos
de América Latina y que son hoy algunos de los países más ricos y desarrollados
del mundo. Países como Taiwán, Singapur, Corea del Sur han prácticamente
eliminado la pobreza, para no mencionar a la China que casi sin que nos
diéramos cuenta es la segunda economía del mundo.
Está absolutamente probado que el día de hoy es posible
explotar la gran minería sin perjudicar en lo menor a los habitantes y sus
cultivos de los alrededores. Lo que es fatal, contaminante y letal para la
agricultura y los que la ejercen es la minería informal y son sus practicantes
los que también forman parte de los vociferantes protestatarios.
Pero el centro del problema es más grave. Una minería
moderna, controlada y con todos los adelantos que permiten que no se afecte a
la región en que se practica, lo único que traerá a los habitantes de su
contorno será nuevos puestos de trabajo, escuelas, hospitales en suma un mejor nivel de vida. Es imposible no
preguntarse si lo que pretenden esos grupos radicales de izquierda no es que
esos campesinos sigan viviendo como lo hacían hace dos siglos, en la miseria,
sin esperanzas de ningún cambio, postergados, frustrados y vulnerables a
cualquier prédica violentista, cuyo resultado final no será el mejorar su
condición sino el otorgarles su voto en las siguientes elecciones. En realidad
lo que pretenden esos políticos no es la mejoría de los habitantes, sino, gracias a su
descontento y frustración, conseguir, ellos, llegar al poder.
Se produce una oscura relación entre los votantes y su
situación económica, si esos votantes progresaran esos radicales se quedarían
sin votos. Eso ha sucedido ya en Europa Occidental y en Asia, los partidos
comunistas o de extrema izquierda han cesado de existir o se han reducido a una
minoría insignificante. Los socialistas
o socialdemócratas de Europa son ahora partidarios del libre comercio y de la
economía liberal. ¿Dónde han desaparecido los partidos comunistas de Italia y
Francia que dominaron en la posguerra la política de sus países? Han sido
avasallados por gente que ha dejado de ser miserable y que ha tenido acceso a
una educación superior, a la cultura y los maravillosos mundos que nos abre y
finalmente a una vida en que la felicidad encuentra un espacio.
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