domingo, 11 de diciembre de 2011

Fernando de Szyszlo Valdelomar


La República

El Derecho al progreso y a la felicidad

Domingo, 11 de diciembre de 2011 | 3:02 pm

Es evidente que la historia no es una suma de hechos aislados sino una cadena en que cada acto o decisión genera naturalmente consecuencias. La intranquilidad, el desasosiego que vivimos hoy en el país, evidentemente tiene causas muy antiguas. De las que aún si siempre hemos sido conscientes no hemos hecho nada por repararlas.

La lista sería demasiado larga para enumerarlas todas, pero si nos queremos referir a nuestra situación presente es indispensable mencionar algunos hechos precisos.

Sabemos que para que una democracia funcione normalmente se necesita la existencia de dos Cámaras en el Congreso: una que represente los intereses de los diversos departamentos o regiones, y la otra que sea una Cámara reflexiva  en la que las inquietudes locales pasen por el tamiz de personas que no piensan en satisfacer las naturales demandas de sus electores sino que piensan en lo que es lo mejor para el país. Hace años que hablamos de esto, desde que la Constitución fujimorista irresponsablemente suprimió el Senado. El tema se ha tocado repetidamente pero, desgraciadamente, pequeños intereses personales escudados en razones demagógicas siempre han conseguido frustrarlo.

Todos sabemos que la regionalización del país fue hecha a la carrera, sin evaluar realmente lo que le convenía a la Nación y sin el verdadero estudio científico que una decisión tan importante merecía. Que aún un detalle tan nimio como el título de la persona que presidía cada región no debía haber sido presidente, porque obviamente se prestaba a que quien lo ostentara olvidara  los límites de su mandato y tuviera tentaciones federalistas, absolutistas o como quiera o quieran ellos estimarse. Yo creo que toda persona pensante en este país debe sentir que una reestructuración profunda de la distribución de ellas, teniendo en cuenta sus necesidades geográficas, sociales, agrícolas e industriales, fruto de un estudio exhaustivo en que participen todas las disciplinas concernidas, es urgente e indispensable.

Las mencionadas no son todas, pero sí las más importantes causas que nos han llevado a la situación en que hoy nos encontramos. En que presidentes regionales y alcaldes se sienten propietarios de los territorios de los que son solamente autoridades temporalmente elegidas. (El caso llega a lo escandaloso o ridículo cuando vemos que no saben en qué utilizar el presupuesto de las regalías que obtienen o cuando parte de él lo gastan en desfigurar los hermosos pueblos donde habitan, en los que sorpresivamente nos encontramos, en preciosos pueblos típicos de nuestra sierra, con que un alcalde ha plantado en medio de la plaza de armas un edificio municipal de vidrios azules y con pretensiones de arquitectura contemporánea. No puedo dejar de mencionar el  monstruoso Inca que el alcalde del Cusco ha creído tener el derecho de colocar en la plaza más hermosa y, quizás, la más importante históricamente del Perú.)

El afán de ganar votos en las elecciones y ser elegido presidente de una región es una tentación muy grande para una persona que quiere hacer carrera política. Si se trata de una persona poco escrupulosa hará las alianzas que sean necesarias, buscará los grupos más inocentes y desprevenidos, más pobres y huérfanos de apoyo, personas que son más vulnerables a creer cuando les dicen que su situación económica se debe  exclusivamente a terceros, o a naciones que viven  en la riqueza por la  miseria que producen por la explotación de los países más pobres y menos desarrollados.

Hemos visto a pueblos de Asia que al terminar la segunda guerra mundial estaban en la más absoluta indigencia y que tenían un ingreso per cápita cuatro o cinco veces menor que el de la generalidad de los pueblos de América Latina y que son hoy algunos de los países más ricos y desarrollados del mundo. Países como Taiwán, Singapur, Corea del Sur han prácticamente eliminado la pobreza, para no mencionar a la China que casi sin que nos diéramos cuenta es la segunda economía del mundo.

Está absolutamente probado que el día de hoy es posible explotar la gran minería sin perjudicar en lo menor a los habitantes y sus cultivos de los alrededores. Lo que es fatal, contaminante y letal para la agricultura y los que la ejercen es la minería informal y son sus practicantes los que también forman parte de los vociferantes protestatarios.

Pero el centro del problema es más grave. Una minería moderna, controlada y con todos los adelantos que permiten que no se afecte a la región en que se practica, lo único que traerá a los habitantes de su contorno será nuevos puestos de trabajo, escuelas, hospitales en  suma un mejor nivel de vida. Es imposible no preguntarse si lo que pretenden esos grupos radicales de izquierda no es que esos campesinos sigan viviendo como lo hacían hace dos siglos, en la miseria, sin esperanzas de ningún cambio, postergados, frustrados y vulnerables a cualquier prédica violentista, cuyo resultado final no será el mejorar su condición sino el otorgarles su voto en las siguientes elecciones. En realidad lo que pretenden esos políticos no es la mejoría de  los habitantes, sino, gracias a su descontento y frustración, conseguir, ellos, llegar al poder.

Se produce una oscura relación entre los votantes y su situación económica, si esos votantes progresaran esos radicales se quedarían sin votos. Eso ha sucedido ya en Europa Occidental y en Asia, los partidos comunistas o de extrema izquierda han cesado de existir o se han reducido a una minoría insignificante. Los  socialistas o socialdemócratas de Europa son ahora partidarios del libre comercio y de la economía liberal. ¿Dónde han desaparecido los partidos comunistas de Italia y Francia que dominaron en la posguerra la política de sus países? Han sido avasallados por gente que ha dejado de ser miserable y que ha tenido acceso a una educación superior, a la cultura y los maravillosos mundos que nos abre y finalmente a una vida en que la felicidad encuentra un espacio.

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